La música es el verdadero lenguaje universal. Da igual el idioma, las notas musicales son capaces de conectarte con sensaciones nunca antes experimentadas, aunque compartidas con la humanidad.
El sentido de la audición es uno de los más afinados que poseemos los humanos, especialmente porque no tenemos que hacer esfuerzo alguno para captar sonidos. En el caso de las personas altamente sensibles (PAS), este sentido suele ser uno de los más afinados. Y aunque nos saturamos con una sobre-estimulación auditiva, con una estimulación adecuada, nos conectamos y relajamos.
Para mí, hay miles de momentos cuando escucho música…
- El momento de conectar con la paz y serenidad internas.
- El momento de elevar mi energía.
- El momento de sacar las emociones atascadas en mí.
- El momento de explosión de creatividad.
- El momento de sentirme acompañada y acogida por su ritmo sinuoso.
- El momento de conectar con algo más trascendente y profundo.
La música en el cerebro, activa zonas antiguas de procesamiento emocional, como el sistema límbico. La música que nos conecta y nos gusta, es una recompensa en sí misma porque se activa en nuestro cerebro el circuito de la gratificación, segregando más dopamina. Es precisamente por esto, que nuestro cuerpo se puede ver conmovido y podemos sentir un escalofrío ante ciertas piezas musicales.
Hace unos años, un paciente me habló del “efecto ASMR”, es una sensación física que podemos tener ante ciertos sonidos, que es experimentado como un hormigueo detrás de la cabeza y el cuello, que nos conduce a un estado fisiológico de profunda relajación, por lo que se reduce el ritmo cardiaco. Exponernos a los sonidos que nos generan esta sensación, nos relaja profundamente. La clave son los sonidos rítmicos y repetitivos como susurrar cerca del oído, peinarse el cabello, escuchar el sonido de la lluvia, golpear rítmicamente los dedos contra una mesa, etc.
En mi caso, el sentido de la audición es el que tengo más desarrollado y aunque me puedo saturar fácilmente y abrumar ante sonidos demasiado altos o ante sirenas de policía o ambulancias, también puedo re-equilibrarme al exponerme a los sonidos de la naturaleza, música zen o música instrumental. Por eso para mí, escuchar música es una de las claves de regulación cuando pierdo la conexión con mi centro.
El enfoque
Uno de los grandes usos que hago de la música, es utilizarlo como un medio para enfocarme.
En muchas ocasiones, mi mente excesivamente pensante, hace que me cueste un poco de esfuerzo enfocarme en una tarea como la escritura o la reflexión.
En esos casos, tomo mis auriculares, elijo música con tonos que me estimulan, como la música de meditación o la música instrumental con sonidos de naturaleza y mi mente va reduciendo su actividad poco a poco hasta que me enfoco. Este es siempre mi ritual cuando escribo estos artículos, los emails de mis suscriptores y cualquier otra actividad que requiera de mi creatividad (hacer viñetas para mis redes sociales, hacer presentaciones para webinar, etc.).
A lo largo de los años, me he dado cuenta de que la música, desbloquea mi creatividad. Tiene la capacidad de conectarme con mis emociones, con mi imaginación y capacidad de visualización. Siempre que escribo con música, salen resultados inesperados.
Algunas veces, conecto tanto con algunas canciones, que las repito de manera obsesiva e incluso cuando siento que alguna canción no la estoy disfrutando plenamente, cuando siento que no me he zambullido del todo en sus ritmos, mensajes y emociones, la paro a la mitad y vuelvo a comenzar a escucharla para sumergirme de lleno en ella. Creo que todo esto tiene que ver con esos circuitos de dopamina de mi cerebro, porque para mí, escuchar música es una recompensa en sí misma.
La música me enfoca tanto porque reduce los ruidos ambientales, hace que mi atención errante se enfoque en esa vibración rítmica y eso es la clave para poder llevar mi atención hacia donde yo quiero llevarla, además de permitirme divagar si así quiero. Y el enfoque es la clave para vivir una vida más plena, disfrutando del presente.
Hace unos años, en mis exploraciones espirituales, me topé con los Solfeggios. Los solfeggios son ciertos tonos y frecuencias energéticas en forma de ondas sonoras, que han sido utilizadas desde hace milenios por culturas de todo el mundo y que nos ayudan a hallar la salud física y mental.
Estas frecuencias fueron descubiertas por el bioquímico Glen Rein en 1988, confirmando así cómo los sonidos usados por las tradiciones espirituales milenarias, tenían efectos sobre el ADN de los humanos.
Se sabe que los cantos gregorianos tienen un efecto reparador en nuestro ADN, cantar y escuchar el mantra sagrado hindú “Om”, estimula la vibración de las células y tejidos, liberando toxinas acumuladas (además de estimular el nervio vago).
Los Solfeggios son tan efectivos, porque sus 9 frecuencias, resuenan en armonía con la resonancia Schumann, “el latido del corazón de la Tierra”, que regula nuestra actividad cerebral y nuestra salud física. Si quieres saber más de este tema, haz click aquí
Algunos de los efectos de los Solfeggios son…
- Solfeggio de 396 Hz: Reduce la ansiedad, el miedo y las preocupaciones.
- Solfeggio de 432 Hz: Reduce el ritmo cardiaco, genera paz y serenidad.
- Solfeggio de 528 Hz: Repara el cuerpo y lo sana, reduce el estrés.
- Solfeggio de 639 Hz: Equilibra las emociones y eleva el estado de ánimo.
- Solfeggio de 741 Hz: Potencia nuestra intuición y creatividad.
- Solfeggio de 852 Hz: Nos conecta con nuestro yo superior y reduce pensamientos negativos.
La regulación emocional
Debo confesarte, querido lector, que una de las maneras en que más me regulo a nivel emocional, es a través de la música. En muchas ocasiones, no puedo regular mis emociones en el momento. Pero como parte de mi “higiene emocional”, re-conecto con esas emociones no exploradas ni reguladas al escuchar música, rescatándolas de las profundidades de mi mundo emocional.
Y la música, me ayuda a…
- Tomar distancia de las emociones intensas, reduciendo mi impulsividad.
- Me permite tomar perspectiva para re-interpretar lo sucedido.
- Me ayuda a reflexionar sobre lo vivido y sentido.
- Me conmueve y me ayuda a llorar las lágrimas que he ido acumulando.
- La música me conecta a los seres queridos que ya no me acompañan.
- Me ayuda incluso a conectar con partes de mí lejanas, mis versiones del pasado y del futuro.
Las ventajas de usar la música como un medio para regularnos, son muchas…
- Segregamos más serotonina, lo que nos aporta calma.
- Segregamos más dopamina, escuchar música es una recompensa.
- Se segrega prolactina, una hormona que nos permite disfrutar de la música triste y melancólica porque media en el consuelo de esas emociones.
- Reduce nuestros niveles de cortisol, la “hormona del estrés”.
- Producimos óxido nítrico, que dilata los vasos sanguíneos.
- Activamos nuestro cerebro en casi su totalidad, generando un estado de activación global.
- Se sabe que ciertas tonalidades y frecuencias, tienen la capacidad de re-programar nuestro nervio vago.
No podemos olvidar que la música no es más que vibración… como todo cuanto existe en este universo. La materia no es más que vibración de átomos en una determinada frecuencia. Nuestras emociones son vibraciones de energía que se mueven por nuestro cuerpo y cerebro y que expandimos más allá de nosotros. Y la vibración se siente… no se piensa.
Explorar el mundo musical es una manera de conocernos más profundamente. Aprende a identificar los sonidos y vibraciones que encajan contigo… busca activamente música que te active y aporte energía, también aquella que te conecta con la tristeza y melancolía, busca la música que te conecta con tu creatividad y también aquella que enfoque toda tu atención en un solo punto.
Para mí, la música es una puerta para acceder a mis emociones y para dejar fluir mi mente más racional. De esa manera alcanzo el equilibrio entre los hemisferios derecho (creatividad) e izquierdo (racionalidad) del cerebro.
Conócete a través de la música y úsala como medio para regularte.
“Sin música, la vida sería un error”
– Friedrich Nietzsche –


