El mundo se ha convertido en un lugar ruidoso e hiper-ocupado. El foco en el rendimiento, nos hace sentir culpables de cualquier momento libre que tengamos, como si fuera malo poder estar en calma y sentir cómo respira nuestro cuerpo.
Estar a solas con uno mismo es algo inquietante cuando no estamos acostumbrados. Y es tan inquietante porque de repente, comenzamos a sentirnos…
- Nos sentimos el cuerpo y sus señales de malestar para cuidarnos más.
- Nos sentimos en la mente pensante que se queda atrapada en bucles.
- Nos sentimos en ese dolor de pecho que indica emociones contenidas.
- Nos sentimos en el miedo a la soledad o al miedo en no alcanzar nuestros sueños.
Y este sentir se nos hace raro al principio, pero cuanto más espacio te dejas a ti en tu vida, más necesidad tienes de conectar contigo, de reservar un tiempo a solas contigo.
Para mí, estar conmigo, alejada por un tiempo de otras personas, siempre ha sido una estrategia de regulación fundamental.
Muchas veces es incómodo quedarme conmigo a solas, porque la mente pensante me acecha con preocupaciones o escenarios catastróficos que me angustian. Otras veces es incómodo porque las emociones que no he regulado, salen a borbotones y otras veces, me siento inquieta y nerviosa por quedarme parada en mí.
He aprendido que incluso cuando estoy inquieta, quedarme en mí es una buena opción. De esa manera me conozco más y aprendo a tolerar los estados emocionales desagradables, que son inevitables en la vida.
La quietud del silencio
En mi trabajo diario, en las sesiones de terapia, hago mucha escucha activa. Este tipo de escucha no solo requiere escuchar las palabras del paciente, supone ir más allá. Ser consciente de las sutilezas de lo no dicho, descifrar los gestos o el tono de voz, es resaltar una información nueva y profunda, es guiar a través de los silencios.
Cuando acabo las sesiones de la mañana o de la tarde, necesito un rato en silencio. Es el momento en que envío los emails a mis pacientes con las tareas de la semana o cuando hago los informes de las sesiones realizadas.
Sigue siendo trabajo, pero hacerlo en silencio me va recargando. Siento que me desgasto mucho con las sesiones, pero el silencio de esos ratos, me ayudan a poner en orden mi mente.
Hay mucha quietud en los silencios, hay paz y serenidad. Recientemente han descubierto que estar al menos 2 horas diarias en silencio nos ayuda a…
- Crear nuevas neuronas en el hipocampo, el área cerebral más implicada en la memoria.
- El cerebro entra en un proceso de limpieza cerebral.
- Se reduce el cortisol, por lo que nos desestresamos.
- Nos ayuda a enfocar nuestra atención en lo que estamos haciendo.
- Al tener menos estímulos que procesar, entramos en un estado de reposo.
Recientemente, Nazareth Castellanos, una neurocientífica española, habló del poder del silencio y comentaba que la ausencia de estímulos no es un vacío, sino un estado activo para el cerebro. Porque existen unas neuronas en nuestro cerebro que solo se activan cuando el silencio nos rodea.
La privación sensorial, esa desconexión consciente de estímulos en nuestro entorno, le da un respiro a nuestro cerebro y a nuestro cuerpo. Y ese respiro es justo lo que necesitamos para reducir el estrés, la gran pandemia del siglo XXI.
El silencio le recuerda al cerebro que aunque nuestro mundo ha cambiado mucho desde que vivíamos en las cavernas, aún hoy podemos conectar con la calma y la seguridad, podemos reducir el ritmo del mundo en que vivimos hoy en día. Toda regulación llega desde la calma y la quietud.
Meditando a solas conmigo
Más allá de modas, la meditación es una herramienta esencial para conectar con la quietud interior y para conectar más profundamente con nosotros mismos.
Siempre que puedo dedicarme 10 minutos a cerrar mis ojos y sentirme, me siento liberada, en paz. La meditación requiere de mí pocas cosas… tan solo he de quedarme en mí, esté como esté, sienta lo que sienta.
La meditación es el acto más íntimo que puedo tener conmigo… y el más complicado.
Meditar es cerrar los ojos y conectar con una realidad interna de la que me alejo en las actividades diarias. Es recordarme que yo soy importante y que dedicarme unos minutos a estar conmigo, es un regalo y una necesidad.
Estoy aprendiendo muchas cosas… que necesito una preparación previa a la meditación. Porque cuando cerramos los ojos para meditar, nuestra mente nos vuelca las preocupaciones, rumiaciones y angustias que cargamos a diario.
Y necesitamos darle un tiempo a nuestro cerebro para que baje el ritmo, necesitamos darle un espacio a nuestro cuerpo para que diluya las hormonas del estrés y pueda conectar con la sensación de quietud. Algunas cosas que podemos hacer para prepararnos antes de entrar en la meditación, es…
- Poner por escrito los pensamientos que nos rondan en la cabeza.
- Conectar con los sentidos… exponernos a un olor agradable o darnos un masaje de manos.
- Escuchar algo de música relajante o sonidos de naturaleza.
Tras esta preparación, estamos en disposición de quedarnos en la quietud de la respiración, escuchando una mente activa pero a la que podemos calmar llevando nuestra atención al ancla de la respiración o a un mantra que repetimos internamente como una letanía.
Estar a solas conmigo, es una de las cosas que más me regulan y que más me ayudan a seguir avanzando en la vida. Porque es agradable estar conmigo, soy una buena compañía para mí… al fin y al cabo, soy la persona con la que pasaré el resto de mi vida.
Te animo a buscar momentos diarios de conexión contigo mismo, de encajar minutos diarios de silencio donde dar espacio a tu cerebro y a tu cuerpo para regularse.
* Contenido creado por un ser humano en su totalidad. No ha sido consultada ninguna Inteligencia Artificial (No IA).
“El silencio es el elemento en el que se forman todas las cosas grandes”
– Thomas Carlyle –

