Tu refugio interior

Los refugios son lugares de paz, santuarios de serenidad a los que necesitamos acudir para limpiarnos internamente, para desintoxicarnos de las interferencias diarias que nos alejan de nuestro ser más profundo. 

Cuando pienso en un refugio, me viene a la mente una cueva… se debe activar mi cerebro primitivo, para el que una cueva era un refugio que tenía cerca. 

Las cuevas son misteriosas, guardan en su interior los ecos del pasado. Para la psique humana, las cuevas representan el subconsciente, esa parte de nuestra mente donde se almacena aquello que nos hace ser quienes somos. 

Creo que el ser humano del siglo XXI, está sediento de paz, de serenidad. Esta vida atropellada, donde siempre hay cosas nuevas por descubrir, donde la tecnología avanza tan rápido que es imposible estar al día, donde nos hemos adaptado a vivir en ciudades de hormigón y asfalto… esta vida, nos agota, nos drena, nos deja sin energía. 

Un refugio es un lugar seguro, donde podemos bajar todas nuestras defensas, un espacio físico y mental donde soltar las riendas y conectar más profundamente con nuestra sensibilidad. 

Mis refugios externos

Los lugares de paz y serenidad, existen fuera de nosotros. Yo tiendo a acudir a ellos para regularme, para calmarme, para limpiarme internamente. Son lugares que me ayudan a reparar mi energía desgastada. A través de mi experiencia personal y profesional, los refugios externos más habituales son…

  • La naturaleza: Para mí, es el gran refugio. La madre Tierra nos acoge y abraza, nos consuela y equilibra. Tras una semana llena de velocidad y trabajo, no hay nada que me ayude tanto como estar 2 o 3 horas en la naturaleza, formando parte de ella, aligerando mi mente y  sintiendo lo que me rodea. 
  • La música: Otro de mis refugios habituales es la música, que logra crear universos llenos de ritmo, esferas en las que re-encontrarme conmigo misma y re-conectar con mi parte más espiritual. La música me enfoca, me ayuda a explorar partes de mí a las que normalmente me cuesta acceder. 
  • Observar lo que me rodea: El acto aparentemente pasivo de la observación, es una de las cosas que más me relajan y llenan de serenidad. Porque cuando observo, me convierto en espectadora, nada se espera de mí, más allá de mover mi mirada de un punto a otro, enfocándome en sonidos, olores y sensaciones. Observar parece algo pasivo, pero en realidad es una actividad de plena consciencia que requiere mucho enfoque.  
  • El contacto con otro ser humano: Hay personas que son refugios, personas que nos escuchan sin juzgar, sin presionarnos, que nos ofrecen su apoyo sin pedir nada a cambio, sin forzar nada. Ese tipo de relaciones, pueden llegar a ser refugios… relaciones en las que ser nosotros mismos.

Ser mi propio refugio

Más allá de los refugios a los que puedo acudir en el exterior, mi camino de auto-conocimiento me ha llevado a conectar con espacios interiores que son mi propio refugio.

  • Mi cuerpo: La relación con mi cuerpo no ha sido fácil desde que era joven, pero con el tiempo, he aprendido a apreciarlo, a admirar su fuerza incansable, a sentir su fortaleza cuando mis emociones me conectan con la vulnerabilidad. Mi cuerpo es un refugio para la paz, para la serenidad. Así me lo ha mostrado la meditación, donde cerrar los ojos y aislarme del mundo, es placentero y seguro. 
  • La respiración: No siempre puedo acudir a la naturaleza o escuchar música, pero siempre puedo cobijarme en mi respiración, siempre puedo hacer una pausa para sentir el movimiento de la inhalación y la exhalación en mí. La respiración me recuerda que estoy viva, que debo aceptar el cambio como algo propio de la vida, abandonando las resistencias en las que suele caer mi mente. 
  • Mis sentidos: Son las ventanas de mi refugio, a través de las cuales puedo observar el mundo que me rodea. Conectarme con la vista y enfocarme en la luz, conectarme con los oídos y escuchar el canto de los pájaros, conectarme a mi piel y sentir mis manos como el ancla que son, conectarme al olfato y entender una parte de la realidad más primitiva, conectarme al gusto y disfrutar de los sabores. Mis sentidos me conectan con el mundo y aunque a veces necesito aislarme y cerrar estas ventanas de mi refugio, también son buenas maneras de anclarme al presente. 
  • Mi yo real, más allá del ego: Mi yo real vive en mí… en cada célula de mi cuerpo, en cada latido de mi corazón, en cada emoción que siento, en la aceptación de mí misma y de los demás. El ego es el traje con el que me desenvuelvo en el mundo exterior, pero cuando accedo a mis refugios internos, puedo liberarme un rato de este traje para vivir más allá de mis creencias y de mis limitaciones. La meditación me ayuda a salir de este traje del ego y conectar con mi esencia inmortal. 
  • Mi creatividad: En mi interior hay un lago infinito de creatividad. Sus aguas son tranquilas pero profundas y bañarme en estas aguas, es algo que me transforma. Tengo muchas maneras de conectar con mi creatividad… escribiendo, bordando, visualizando, expresando mis sentires a través de los trazos en un papel cuyas formas caprichosas se mueven al son de mis emociones. 
  • La meditación: Meditar es reservar un tiempo para estar conmigo, es una cita conmigo misma. Cerrar los ojos y empezar a sentir mi cuerpo, es la experiencia más liberadora que puedo tener. Porque cuando medito, no espero nada de mí, me convierto en esa conciencia testigo que observa, en ese espectador que desde la distancia, es capaz de verlo todo con perspectiva. El encuentro íntimo conmigo misma que supone la meditación, es mi gran refugio. 

La montaña ecuánime

Cuando me introduje en la filosofía budista, uno de los conceptos que más me sorprendió, fue el de “ecuanimidad”, que hace referencia a la aceptación plena de cualquier suceso, experiencia o emoción que nos ocurra, sin valorarla ni juzgarla como buena o mala. 

En nuestro día a día, la ecuanimidad nos ayuda a dejar de luchar contra lo que es… ya sea una emoción, un pensamiento, una persona o suceso. 

En la práctica de la atención plena o mindfulness, hay un ejercicio de visualización que se llama la “montaña ecuánime”.Es una práctica que se suele hacer con los niños a partir de los 11 años, pero me gusta mucho practicarla con adultos. Te explico brevemente este ejercicio… 

Tan solo debes cerrar los ojos e imaginarte que tu cuerpo es como una montaña… tu cabeza es la cumbre de esa montaña, tus pies y piernas son la base de la montaña y tu tronco es el cuerpo de la montaña. La montaña, en su calmada presencia, nos hace sentir estabilidad, calma, aceptando todo lo que choca con ella… ya sea lluvia, nieve, viento o el sol abrasador. Tú también eres esa presencia majestuosa y llena de serenidad a pesar del embate de las emociones, los pensamientos y las experiencias difíciles. 

El resto del ejercicio, consiste en observar cómo te sientes, en conectar con esa sensación de estabilidad y majestuosidad que habita en ti, en preguntarte cómo podrías encajar la emociones que sientes, las situaciones difíciles de la vida, si pudieras ser esa montaña majestuosa y estable. 

Tan solo se trata de observar lo que llega a ti, de sentir la fortaleza que hay en ti y la seguridad que te transmite la montaña majestuosa que hay dentro de ti. 

Tú eres tu mejor refugio… busca un tiempo para conectarte a tu cuerpo y a tu respiración… recuerda que eres una montaña sagrada en la que puedes cobijarte. 

“Tal vez si simplemente permanecemos bajo las estrellas el tiempo suficiente, todas nuestras preocupaciones se disiparán en el cosmos. Y podemos permanecer inmóviles, navegando a través de las estrellas”

– Trevor Driggers –

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