Vivimos en mundo diferente en el siglo XXI… un siglo lleno de ruido, luz artificial, sobre-información y distracciones constantes.
Nuestro cerebro, sin embargo, sigue siendo el mismo de esa lejana etapa en la que vivíamos en las cavernas. Donde los peligros desafiaban nuestra supervivencia física, pero cuya respuesta de estrés era poco frecuente.
Hoy en día, vivimos en un mundo más seguro para nuestra supervivencia física, pero más peligroso para nuestra integridad mental. Así, vivimos con más comodidades, pero nuestra salud mental pende de un hilo que a veces es demasiado fino por habernos alejado de aquello que nos ha hecho humanos.
Creo que nuestro gran error como especie, ha sido alejarnos de la naturaleza, de la tierra, del mar, del cielo abierto que nos permite ver el horizonte, ayudándonos a salir de los pozos mentales en que nos zambullimos de manera voluntaria.
Nuestro cuerpo está hecho para captar las señales de los ciclos, de la luz, del tiempo. Nuestro cerebro se regula con la luz del sol y la belleza de los ocasos, se regula con el aire puro, generosamente compartido por los árboles, se estabiliza emocionalmente con una caminata por la naturaleza, sin prisas.
En el siglo XXI no tenemos que luchar con mamuts gigantes fuera de nosotros. Ahora esos mamuts están en nuestra mente, nos amenazan desde la oscuridad de nuestra psique y nos paralizan. Sentimos ansiedad prolongada porque el estrés puntual que puede soportar nuestro cuerpo, se ha cronificado. Sentimos depresión porque hemos perdido el sentido de la vida al convertirnos en autómatas que apenas pueden sentir nada, excepto dolor y tristeza.
Esto es vivir en el “modo supervivencia”, un estado de la mente y el cuerpo en el que entramos cuando sentimos que hay demasiadas amenazas a nuestro alrededor… incluso aunque esas amenazas no sean reales.
El sistema nervioso que nos protege
Nuestro sistema nervioso siempre quiere protegernos, aunque a veces lo haga de una manera que nos pueda dañar a largo plazo. Cuando hablo del “modo supervivencia”, hablo de dos estados diferentes del sistema nervioso autónomo (el que conecta cuerpo y cerebro).
Sistema nervioso simpático: Es un estado del cuerpo que moviliza mucha energía para luchar o huir de esa amenaza que nos rodea. Esta respuesta física es la que se desencadena cuando estamos estresados. Puedes identificarla porque se siente como…
- Taquicardia, especialmente al final del día por exceso de cortisol.
- Hiperventilación, tratamos de introducir un exceso de oxígeno.
- El cuerpo está inundado de cortisol y adrenalina.
- Hipervigilantes, buscando señales de peligro en todo momento.
- Exceso de energía física que no podemos drenar de manera adecuada.
- Atención desenfocada y dispersa, saltando de un tema a otro.
- Inquietud interna que nos lleva a movernos.
- Sensación de separación, de estar aislado de los demás.
Rama vagal dorsal del sistema nervioso parasimpático: Es un estado de supervivencia en el cual nuestro sistema nervioso nos desconecta de lo que nos rodea, nos inmoviliza, nos quita la energía para quedarnos congelados y no hacer nada hasta que pase el peligro. La congelación no es un acto consciente, es un acto reflejo donde el sistema nervioso se apaga por percibir una amenaza inminente para la vida. La manera de identificar este estado es…
- Nos sentimos agotados, sin energía para movernos por nuestro día a día.
- Nos sentimos entumecidos, bruma mental porque el cerebro está menos oxigenado.
- El cuerpo colapsa. Respiración superficial, bajamos nuestros ojos y nos encorvamos.
- Nos sentimos desconectados, sin ataduras, flotando.
- Estado de disociación, desconexión de nosotros, el entorno y los demás.
- Todo es borroso, pesado, es un estado de desesperanza profunda.
Entender en qué tipo de “modo de supervivencia” nos encontramos, es esencial para poder salir de él. Al final de este artículo te diré cómo salir de cada uno de estos estados.
La mente que sobrevive
Con un cuerpo que se enfoca en sobrevivir y que consume mucha energía para cumplir este propósito, vivimos en una mente espesa, que no puede acceder a todos sus recursos neuronales. Una mente que sobrevive se caracteriza por ser una mente…
- Distraída, que salta de un tema a otro y no se enfoca en nada.
- Negativa, se enfoca en sobrevivir y el sesgo negativo del cerebro se activa.
- Anticipadora, vive en el futuro, anticipa lo que puede ir mal.
- Rumiante, se enreda en pensamientos negativos y bucles repetitivos.
- Dramática, es una mente que no interpreta la realidad de manera correcta.
- Insomne, no duerme porque debe estar atenta a los peligros que la rodean.
- Hambrienta de nutrientes, el apetito desaparece o conduce a comer compulsivamente.
- Agotada, incapaz de descansar, por lo que no recupera la energía perdida.
- Infeliz, anticipando lo que puede ir mal, la hipervigilancia nos hace infelices.
- Desesperanzada, el mundo es peligroso y ha de protegerse, todo le supera.
Seguramente te has sentido así alguna vez en tu vida, a mí también me ha pasado y sé que me seguirá ocurriendo. Porque a veces la vida pesa demasiado pero lo importante es saber que a pesar de volver al “modo supervivencia”, siempre puedo equilibrarme, siempre hay cosas que puedo hacer para sentirme segura de nuevo.
Salir del modo supervivencia
El “modo supervivencia” nos ayuda a sobrevivir pero no ha de prolongarse mucho en el tiempo. Está en nuestra mano esforzarnos por conectar de nuevo con la seguridad y la belleza de la vida. Algunas cosas que a mí me ayudan mucho, son…
- Salir del sistema nervioso simpático: Respiración profunda, exhalaciones profundas, mover los brazos del pecho hacia fuera, abrir el pecho y expandirnos. Realizar una actividad que me trae paz y enfoque, buscar a una persona de confianza con la que me siento segura, acudir a un lugar que me relaja (la playa, el bosque, un rincón de mi casa que me da paz).
- Salir del estado de colapso de la rama vagal dorsal: Conectar con la energía de mi cuerpo a través del movimiento… dar puñetazos al aire y decir “JA”, caminar con calma por un entorno natural, escuchar música relajante, hacerte un té o café y disfrutarlo con calma, darme un masaje de manos, recordar una experiencia que me gustó y tranquilizó.
- Conectar con la naturaleza: Nuestro cerebro se relaja cuando ve el color verde de los árboles, el sistema nervioso se calma cuando escucha el canto de los pájaros, nuestra amígdala (centro emocional cerebral) se silencia cuando damos un paseo de 15 minutos por la naturaleza, nuestro cerebro segrega más serotonina cuando acudimos a la naturaleza y eso redunda en menos estrés y un mejor sueño nocturno, nuestro sistema inmune se refuerza en los bosques. Hay miles de razones para volver a la naturaleza como el regulador natural de nuestro cuerpo y mente.
- Cambiar el ritmo de nuestra vida: Los cambios profundos que debemos hacer para salir del “modo supervivencia”, tienen que ver con vivir de otra manera. Tomando descansos durante la jornada laboral para ir al baño o beber agua, comiendo sin prisas, duchándonos de manera consciente, mirando el cielo cada día, dedicándonos 10 minutos diarios para observar cómo respiramos. Son pequeños pasos diarios que nos conectarán con un estado del ser más expansivo y feliz.
Empieza poco a poco, sin prisas, pero recuerda siempre que está en tus manos vivir como tú quieres. Los mamuts que viven en tu mente están hechos de humo que desaparecen cuando te dedicas tiempo.
* Contenido creado por un ser humano en su totalidad. No ha sido consultada ninguna Inteligencia Artificial (No IA).
“Porque lo grande no sucede solo por impulso, es una sucesión de pequeñas cosas que se juntan”
– Vincent Van Gogh –


