Todo ser humano debe aprender a convivir con sus emociones. El reto está en aprender a respirar con ellas sin que nos secuestren.
El cerebro es el gran misterio… crea nuestra realidad a través de las construcciones que hacemos desde el momento en que nacemos en torno a las sensaciones de seguridad, las creencias, el apego con las figuras de referencia, las experiencias vividas con otros seres humanos, etc.
Por eso, cada cerebro puede parecer igual… pero cada persona es única e irrepetible.
Las emociones se alojan en nuestro cuerpo, se expresan a través de él incluso cuando no podemos poner una etiqueta a lo que sentimos, nuestro cuerpo nos envía potentes mensajes.
Pero hoy quiero hablarte de un secuestro emocional que ocurre en tu cerebro.
Y para ello, te voy a explicar de manera breve y sencilla dos áreas cerebrales que son esenciales para tu supervivencia y regulación.
La primera de ellas es la amígdala, que forma parte del “cerebro emocional” o sistema límbico, y su funcionamiento es inconsciente. La amígdala se encuentra en el interior del cerebro, encima de las orejas. Tiene forma de almendra y puede aumentar mucho su tamaño si vivimos en un estado de supervivencia constante.
La amígdala es nuestra “alarma interior”, es la que etiqueta y valora si algo es peligroso para nuestra supervivencia o no. Y cuando se activa mucho porque detecta algo peligroso, inicia la respuesta de estrés en el resto del cuerpo. El problema es que a veces, la amígdala está mal calibrada e interpreta como peligroso algo que realmente no lo es.
Cuando nuestras amígdalas cerebrales están muy activas, comenzamos a sentir ansiedad, impulsividad, se amplifica el estrés en el cuerpo, tenemos dificultades para enfocarnos y tomar decisiones.
La otra área cerebral esencial en tu regulación emocional, es la corteza frontal. Situada en la zona de la frente, es el área que más tarda en madurar, de hecho no se desarrolla completamente hasta los 25-32 años de edad.
La corteza pre-frontal se encarga de las llamadas “funciones ejecutivas”, centradas en la planificación, memoria de trabajo, atención, toma de decisiones y la regulación emocional. Lo que aquí sucede requiere de esfuerzo por nuestra parte y tiene un funcionamiento consciente. La clave de esta área cerebral, es que se dedica a inhibir aquellas conductas impulsivas que pueden nacer en nosotros.
Tras esta pequeña introducción, vamos a hablar del “secuestro emocional”.
El secuestro amigdalino
La amígdala es poderosa porque nos ha permitido sobrevivir como especie hasta el siglo XXI. Pero el mundo en que vivimos hoy, es muy diferente a aquel en que hemos vivido hace miles de años. La amígdala solo tiene un propósito… protegernos y como dice Ana Ibáñez, su lema es “Hay que evitar que haga esto a toda costa”.
El secuestro amigdalino se comienza a desarrollar a partir de los 2 años, cuando los niños comienzan a tener rabietas. Este secuestro fue estudiado por Joseph Ledoux. Podríamos decir que este secuestro sucede en dos etapas…
Etapa 1 – La amígdala decide: Cuando tu amígdala se activa porque identifica un peligro, lo primero que hace es reducir la cantidad da sangre que llega a tu corteza frontal. Y menos sangre quiere decir menos actividad y eso se traduce en que dejamos de ser capaces de pensar de manera clara. Este es el primer paso del secuestro amigdalino, donde el miedo a lo desconocido y a los peligros, toma el control.
Etapa 2 – El período refractario: Se llama así al período de tiempo donde la amígdala toma el control y decide qué recuerdos buscas en tu memoria. El objetivo es aumentar tu emoción de enfado, angustia, ansiedad o miedo y para ello, te empuja a ver el mundo solo desde esta perspectiva sesgada de la vida. Es el momento en que nos quedamos atrapados en rumiaciones sobre ese tema que nos preocupa y nubla por completo nuestra mente. Como dice Nazareth Castellanos, en esta fase, solo vemos aquello que apoya nuestra versión de las cosas y el conflicto.
Seguramente te ha pasado a ti, como a mí, que hay temas en los que te quedas enrocado, sintiendo emociones muy intensas y negativas que te hacen mucho daño… ese es el secuestro amigdalino o emocional.
La parte buena, es que podemos construir un cerebro más flexible, donde seamos capaces de fortalecer la “autopista neuronal” que conecta la amígdala con la corteza frontal, es decir,fortalecer la comunicación entre tu mundo emocional y tu mundo regulador y reflexivo. En el siguiente punto te doy algunas pautas.
Maneras de salir del secuestro amigdalino
El secuestro amigdalino nos hace sentir atrapados, a veces incluso nos impide movernos, dependiendo del grado de alerta que experimentemos. La buena noticia es que hay algunas cosas que podemos hacer de manera cotidiana para frenar la actividad de la amígdala y reducir las posibilidades del secuestro amigdalino…
- La pausa de los 5 segundos: La amígdala actúa de manera precipitada e impulsiva. Si eres capaz de hacer una pausa de 5 segundos y enfocarte en tu respiración, le das tiempo a la corteza frontal a actuar para que la amígdala no tome el control.
- Respirar de manera pausada y consciente: Observar durante 15-30 minutos diarios cómo respiramos, nos ayuda a entrenar nuestra atención, flexibilizándonos. Una amígdala más pequeña, es una amígdala que nos secuestrará menos.
- Acudir a la naturaleza: Se ha observado científicamente que caminar 1 hora por un entorno natural, con árboles, pájaros o el mar, tiene la capacidad de silenciar a la amígdala. De ahí que la madre Tierra nos calme tanto.
- Conéctate a cosas agradables: Ante aquellas cosas que nos gustan y que son agradables, nuestra amígdala se silencia. Conectar con la belleza, el arte y lo placentero, promueve nuestro entusiasmo y eso, además de reducir la actividad de la amígdala, activa nuestra rama ventral del nervio vago, encargado de la relajación y la serenidad.
- La meditación: Como dice Nazareth Castellanos, la meditación nos entrena a sostener la atención de forma voluntaria en un ancla (respiración, mantra, etc.) y eso fomenta una corteza frontal más fuerte que sucumbe menos al secuestro amigdalino.
- Ejercicio de la tridimensionalidad de tu cara: Este ejercicio ha sido propuesto por Ana Ibáñez para enfocarnos en nuestro cuerpo y aligerar nuestra carga mental. Creo que nos puede ayudar mucho cuando estamos en pleno “periodo refractario”. Este ejercicio consiste en… Cerrar los ojos y visualizar mentalmente la distancia que hay entre tu oreja derecha y la punta de la nariz, el espacio que hay entre tus cejas, el volumen que ocupa tu lengua dentro de la boca. Te invito a practicar este ejercicio tan interesante.
Hay dos neurocientíficas españolas que están haciendo un gran trabajo por divulgar la neurociencia para entendernos mejor y regularnos. Se trata deNazareth Castellanos y Ana Ibáñez. Me he basado en sus libros y cursos para elaborar este artículo y si te interesa este tema, te sugiero que busques sus libros.
* Contenido creado por un ser humano en su totalidad. No ha sido consultada ninguna Inteligencia Artificial (No IA).
“Siempre que tengas miedo o temor a hacer algo, demuéstrale a tu cerebro qué gana haciendo eso”
– Ana Ibáñez –

