En el frío del invierno, el viento nos susurra la importancia de dejar ir lo que ya no puede ser.
Los desnudos troncos de los árboles, nos demuestran que dejar ir las hojas secas, es un acto de amor hacia uno mismo… porque si no soltamos lo que está muerto, no podrán renacer nuevas hojas entre nuestras ramas.
En la cultura occidental, más enfocada en poseer, soltar se ha convertido en un acto de sufrimiento. Creo que en parte se debe a que nuestra identidad, la desarrollamos siempre fuera de nosotros… en base a lo que poseemos, al trabajo que tenemos, al dinero que ganamos, a las relaciones que tenemos.
La realidad es que nuestra identidad, quiénes somos realmente, habita en nuestro interior… en la serenidad que sentimos al conectarnos con la naturaleza, en la calma profunda a la que podemos acceder cada vez que inhalamos y exhalamos con consciencia, en nuestras intenciones con la vida y los demás, que se convierten en el faro de nuestras acciones.
La realidad es que estamos de paso como seres humanos… somos solo una estrella fugaz que navega por el infinito cosmos. Y comprender que todo es efímero, nos ayuda en nuestro acto voluntario de dejar ir lo que ya no puede ser.
Somos peregrinos de la vida y por ello debemos aprender a dejar ir cuando toca… es una lección que podemos aprender con dolor o con suavidad. Cada cuál elige cómo vivirla.
Soltar con dolor
Muchas veces en nuestra vida, nos conformamos con lo que “nos ha tocado vivir”, por eso aceptamos niveles de sufrimiento que no tienen lógica cuando lo miramos solo desde la mente racional.
Detrás de conformarnos, creo que está esa sensación de creer que no nos merecemos más de lo que ahora tenemos. Por eso soportamos pesos emocionales que nos aplastan poco a poco y nos hacen aborrecer la vida.
Soltamos con dolor cuando luchamos contra el movimiento propio de la vida, cuando nos aferramos a cosas, creencias, personas o ideales que en realidad ya no son buenas para quienes somos ahora. Soltamos con dolor cuando nos quedamos atrapados en versiones pasadas de nosotros mismos.
Cuando tratamos de soltar con dolor, hay muchas cosas en nuestro interior…
- Deseo de control: El control nos da paz (aunque sea temporalmente), pero también trae ansiedad. Solemos tener una gran resistencia a soltar el control porque pensamos que nuestra vida será un caos. Pero el verdadero caos proviene de no escucharnos, de no estar en contacto con lo que ahora necesitamos. Es nuestro ego, ese “falso yo”, el que nos insta a controlar lo incontrolable, porque lo que más teme el ego, es la vulnerabilidad y la incertidumbre.
- Obcecación: Junto con el deseo de controlar lo que puede ocurrir, es habitual que nos obcequemos con algo. Cuando nos obcecamos, perdemos la claridad mental y todo se desdibuja. Podemos llegar a obstinarnos con un determinado resultado, ya sea en el trabajo, en la relación de pareja, en nuestra rutina, etc. Y de esa obcecación, nace la insatisfacción, porque no dejamos que las cosas fluyan.
- Apego: Para los budistas, el apego es una de las causas del sufrimiento humano. Cuando necesitamos que las cosas sean permanentes, que nada cambie, nos desconectamos de la vida. Porque la única verdad universal de la vida, es que todo cambia. Aprender a desapegarnos sobre el resultado de las cosas, es liberador. Porque lo que me hace avanzar es tener experiencias y aprender de ellas, no que su resultado sea como yo quiero.
- Sentirnos perdidos: Muchas veces nos cuesta soltar aquello que ya no puede ser, porque pensamos que eso que soltaremos, nos define. Cuando tenemos un apego excesivo hacia personas, cosas o trabajos, hemos fusionado nuestra identidad con todo eso que ocurre fuera de nosotros. Siguiendo esta lógica, si pierdo aquello que me define, me sentiré perdido, vulnerable y temeroso. Lo que se nos olvida, es que aquello que nos define no lo podemos perder nunca porque habita en nuestro interior.
Dejar ir con suavidad
La naturaleza es un espejo para el ser humano. La madre Tierra nos habla de todo lo importante que debemos saber… que la vida son ciclos, que todo viene y va, que no es necesario juzgarlo todo para vivir, que la ausencia de juicio nos permite vivir la experiencia plenamente.
Cuando debo dejar ir algo en mi vida que ya no puede seguir junto a mí, visualizo un árbol. En el otoño, el árbol no lucha contra la hoja que ha de caer. Intento hacer lo mismo que hace el árbol… aunque aún sigo aprendiendo a dejar de resistirme a lo que no es como yo quiero o a lo que debo soltar.
Dejamos ir algo o a alguien, para así quedar libres y avanzar. Dejar ir con suavidad es un acto de amor hacia uno mismo, donde el auto-respeto y el auto-cuidado, son los protagonistas.
A veces, hay cosas en nuestra vida que no son buenas para nosotros. Nuestro trabajo es identificar estas situaciones y dejar ir lo que ya no puede vivir en nosotros, sea un trabajo, una relación, una creencia antigua o un propósito de vida que se ha visto modificado.
Para aprender a dejar ir con suavidad, hay algunas cosas que he aprendido y que me ayudan mucho…
- Confianza: Confiar en mí, confiar en la vida, es un acto de amor en sí mismo. Un acto donde renuncio a saberlo todo pero soy consciente de mi capacidad para afrontar lo que llegue. Cuando confío, no necesito saber el resultado de las cosas, puedo convivir con la incertidumbre porque soy consciente de que mi ancla no está fuera de mí, sino que yo soy mi propio ancla.
- Pensar menos y sentir más: La mente pensante ha tomado el control del ser humano y nos estamos convirtiendo en seres que piensan, pero que no sienten. Lo que realmente nos hace humanos, son nuestras emociones, que nos permiten conmovernos con el dolor ajeno y nos permiten ver la belleza de la vida. Cuando siento que me estoy aferrando a algo que debo dejar ir, trato de conectar con mis emociones a través del cuerpo, a través de mi respiración consciente. Cuando dejo de rumiar y empiezo a sentir, sé que debo dejar ir lo que ya no puede vivir en mí.
- Poner el foco en mí: Para mí es muy fácil perder la conexión conmigo misma. Tal vez sea el extra de empatía que me ha regalado mi alta sensibilidad, tal vez sea mi Salvadora, tal vez se deba a mi profesión. Sea como fuere, cuando trato de controlar algo que está fuera de mí, es un recordatorio de que debo mirar menos fuera y más dentro de mí. Yo soy mi propio faro en la oscuridad.
- Re-interpretar los cierres: Los cierres, los finales… nos asustan. Nos asustan porque nos confrontan con lo desconocido, lo que está por llegar, por la ausencia de control y porque nos genera un dolor emocional que a veces dudamos de poder soportar. Los cierres o finales, son algo a celebrar porque te indican que avanzas, que te permites ser quien eres ahora, que algo acaba pero algo está por empezar.
- Crear un espacio sagrado: Lo “sagrado” es aquello que nos conduce a un conocimiento más profundo de nosotros mismos. Yo tengo varios espacios sagrados a los que acudo con asiduidad… la naturaleza, la escritura, la lectura, la meditación.Para mí, un espacio sagrado es aquel que me permite escucharme más claramente, sentirme más profundamente. Ese espacio a veces es externo (como la naturaleza) pero muchas más veces es algo interno (mi cuerpo, mi capacidad de observarme cuando medito). Descansar en estos espacios sagrados, me ayuda a dejar ir con amabilidad, amor y serenidad.
Espero que mi camino en este dejar ir con suavidad y amabilidad, guíe tu sendero para que soltar no sea una causa de sufrimiento.
* Contenido creado por un ser humano en su totalidad. No ha sido consultada ninguna Inteligencia Artificial (No IA).
“Lo que sea que venga, déjalo venir, lo que se queda, deja que se quede, lo que se va, déjalo ir”
– Amit Ray –


